La Guerra de un Corazón Silenciado Capítulo I

CAPÍTULO UNO

 

 

 

Corriendo desesperadamente por los pasillos blancos, tan iluminado que parecía un ángel flotando frente a mis ojos, estaba él, gesticulando palabras que no alcanzaba a comprender porque su rostro se deformaba como alucinaciones en el desierto. Lo vi corriendo directamente a la habitación donde me encontraba. Mi cuerpo, plagado de aparatos médicos como si fuese un animal de laboratorio listo para un experimento, no obedecía órdenes de mi cerebro, estaba totalmente adormecido.

 No era una persona conocida, ni su aspecto me era familiar, pero ahí estaba, generando ansias y expectación por conocer su identidad. De pronto, sentí un líquido tibio salir por la nariz y deslizarse en dirección a mi pecho. Era sangre, un montón de ella manchando el camisón blanco que llevaba puesto. Cuando me limpié con las manos, noté que estaban empapadas de rojo intenso, me sentí cansado, fatigado y un poco mareado y cuando estuve a punto de tumbarme, lo vi acercarse a mi habitación. Por un segundo creí oler su perfume, impregnándose en mi piel justo en el momento en que intentó abrazarme, pero los médicos y enfermeras lo alejaron tan rápido, que lo único que recuerdo de él son las yemas de sus dedos desprendiéndose de mi mano, y su calor intenso, tan fuerte, como las llamas furiosas de un incendio abriéndose paso sobre el pasto seco.

Eran las siete de la mañana cuando sonó el despertador y su sonido irritante, las imágenes incoherentes aun giraban en mi cabeza así que aturdido y aun medio dormido comencé mi día.

No creía en el significado de los sueños, pero esta vez me resultó sumamente extraño que un sueño se repitiera tan seguido y enfatizando en los mismos detalles, una y otra vez, casi como un sueño premonitorio así que agarré mi computadora y me puse a investigar. Entré a Google y busqué “significado de los sueños”, apareciendo cientos de links donde se hablaba de los sueños más recurrentes y los significados más generales, pero nada que entregara una respuesta a mi búsqueda. Me frustré al no lograr interpretar el sueño así que volví a lanzarme a la cama, rendido, aunque no dispusiera de mucho tiempo. Cuando observé el reloj ya eran las ocho con diez y tenía que ir a la universidad por lo que me levanté con muy poco ánimo y me alisté para salir.

El día pasó lento, las imágenes del sueño que aún estaban dentro de mi cabeza habían captado mi atención durante todo el día. Mi aspecto era similar al de un zombi, con ojeras y casi nula prolijidad en mi aspecto físico, con la mirada perdida a ratos, pensando en un significado.

De pronto recordé a mi madre, su nombre es María Elena, a sus cincuenta y cinco años es una mujer muy jovial, relajada, amable y esotérica, lo que me hizo pensar en su posible ayuda para dar un sentido al sueño. Traté de llegar rápidamente a casa y apenas abrí la puerta comencé a gritar su nombre, pero nadie contestó, – Lo más probable es que ande donde sus amigos brujos, o comprando artilugios raros – dije con tono sarcástico mientras lanzaba mi mochila en alguna parte de la casa, cosa que siempre hacía.  Se había convertido en un hábito encender tres inciensos en la casa, dos durante el día y el último en la noche para poder conciliar el sueño junto con el llamado a la abundancia, al amor y a las energías positivas, lo que claramente no era efectivo en mí, yo despertaba a saltos, asustado, o despertaba odiando a todo el mundo, partiendo por mi despertador y su sonido aterrador. En el amor tampoco funcionaba, no era el mejor en ese sentido, fríamente podría decir que no lo conozco y que no estoy dispuesto a conocerlo, aún. Todas las personas que conocía sufrían por amor y no pretendía formar parte de ese grupo de depresivos adictos a las películas románticas para sufrir con ganas. En cambio, yo, amaba el drama, el terror, la acción, un buen guion y un final fantástico, mi mamá siempre decía que mis pesadillas se debían gracias a mis “películas endemoniadas” pero no, esta vez estaba seguro de que el significado era otro, y debo admitir que tenía miedo de descubrir la verdad.

Me lancé sobre la cama como si fuese una piscina de placentero descanso, esperando a que llegara mi madre, cerré los ojos y me puse a recordar el sueño para ver si podía reconocer el rostro del hombre que aparecía en él, solo el hecho de recordar me ponía los pelos de punta y corría por mi cuerpo una electricidad, mezcla de intriga y miedo por lo que pudiera significar.

Apenas abrió la puerta se dio cuenta inmediatamente que ya había llegado, era evidente, mi mochila estaba tirada en el piso de la entrada con todos los cuadernos desparramados. Se dirigió a mi pieza y me encontró sumergido en un sueño profundo, se acercó, se sentó en la orilla de la cama y comenzó a acariciar mi cabello, luego me puso una manta de polar para cubrirme mientras dormía y se levantó tratando de no producir mucho ruido mientras encendía uno de sus inciensos, no quiso despertarme porque sabía que no disponía de mucho tiempo para descansar. Llevaba una vida súper agitada, era de esas personas que se pasaba el día estudiando, quizás por la necesidad de suplir algunas carencias en mi vida, o quizás por querer demostrar que era mejor persona que los demás.

Volví a tener ese sueño, estaba en el mismo lugar, en un hospital con paredes tan blancas que parecían brillar, esta vez iba mirando el techo y sentía que la camilla avanzaba en cámara lenta, las luces pasaban como estrellas fugaces en el cielo, no tenía control de mi cuerpo y la sensación de angustia era insoportable. En cosa de segundos, giré mi cabeza y vi a lo lejos del pasillo a mi madre y a este hombre de identidad desconocida, se acercaban corriendo hacia mí y ambos comenzaban a hablar, no lograba entender lo que decían, todo se movía demasiado lento, como si estuviese inmerso en una ilusión, lo que si podía distinguir eran sus lágrimas, estaban llorando. El hombre extraño trató de tomar mi mano y en ese momento la camilla se volvió a mover, alejándome de ellos.

Desperté cerca de las ocho de la noche, apenas abrí los ojos asimilé el olor a frutos rojos del incienso de mi madre, la fragancia estaba impregnada en las paredes y en mi ropa, una exquisitez debo decir, gracias a eso logré despegar mi mente de la perturbadora segunda parte de mi pesadilla, me levanté de mi cama con tanta hambre que corrí al refrigerador para ver lo que había en su interior.

En la cocina se encontraba mi madre que no dudó en decirme unas cuantas palabras apenas me vio entrar.

  • si yo hubiera dormido toda la tarde tampoco saludaría – Dijo en tono irónico mientras insertaba toda mi cabeza dentro del refrigerador.
  • ¿Mamá? ¡Mamá! ¡Estabas aquí! – Respondí con tono cariñoso mientras me acercaba para abrazarla. Su olor era tan característico, una mezcla entre Hugo Boss Orange y especias de cocina.
  • ¡Ya, que me asfixias! – Exclamó soltando una carcajada un poco ahogada.
  • Has dormido toda la tarde ¿Tuviste un día muy complicado, hijo?
  • Supieras – contesté un poco afligido, cabizbajo.
  • ¿Qué sucede, te encuentras bien?
  • Es tanto lo que debo estudiar, y mantener la beca que me da la universidad me tiene un como estresado, sin ella no podría seguir estudiando, eso me tiene preocupado.
  • Debes dar un respiro a los estudios Javier, mucho de algo nunca es tan bueno como piensas, eres un buen alumno, no te sobre exijas
  • No lo hago Mamá.
  • ¿Has salido de casa en los últimos meses, que no sea para ir a la universidad? ¿Has visto a tus amigos últimamente?
  • Te estás encerrando en una burbuja Javier. Eso no es bueno.
  • ¿Y qué debería hacer mamá, dejar de estudiar, perder la beca, meterme al servicio militar y desaparecer como lo hizo mi papá? – le contesté alterado.

Su rostro se desfiguró frente a mis ojos, bajó la mirada y sentí como se aguantó las ganas de llorar y salir corriendo.

  • En el refrigerador hay pasta que quedó del almuerzo – dijo con voz quebrada.
  • Mamá, disculpa, es que estoy un tanto estresado.
  • Dejas todo lavado cuando termines de comer, voy a salir, te quiero, nos vemos.

Se dio media vuelta, agarró su cartera, las llaves del auto que estaban en la entrada de la casa y cerró de golpe la puerta, me acerqué a la ventana para ver que hacía, la vi subirse al auto y comenzar a llorar. Me sentí muy mal por decir todo eso, no era su culpa que mis estados de ánimo últimamente sean tan explosivos y cambiantes, quise salir a disculparme con ella, pero cuando abrí la puerta, ya había arrancado el motor y se disponía a desaparecer por la calle principal.

Mi familia siempre había sido perfecta, o era lo que yo veía a mi corta edad, mis padres se llevaban bien, se notaba el amor entre ellos, jugaban como si todavía quedara parte de los adolescentes que fueron en aquellos tiempos.

Se conocieron cuando eran muy jóvenes, mi mamá tenía diecinueve años y papá veintitrés, él estaba en la Escuela Militar de Santiago y ella era estudiante de primer año de enfermería, un día la vio junto a un grupo de compañeras de enfermería, estaba con su uniforme, un traje hecho a medida y ajustado al cuerpo, se acercó al grupo y le dijo a mi madre sin preámbulos que tenía que acompañarlo a las oficinas de la policía de investigaciones ya que estaba siendo investigada por robo, de su bolsillo sacó una placa de identificación que por cierto, nada tenía que ver con la policía, era una identificación de la escuela, pero el uniforme imponía una clase de superioridad y logró que lo acompañara.  Estaba nerviosa, le sudaban las manos y le preguntaba a cada rato el por qué la estaban acusando de robo, si nunca en su vida había robado algo, mi padre la miró y esbozó una pequeña sonrisa, se detuvieron en un restaurante y la invitó a pasar, cuando se sentaron, mi madre comenzó a pedir explicaciones y mi padre le dijo que estaba siendo acusada de robarse un corazón, ella le contestó que era imposible, que solo era estudiante de primer año de enfermería y que por lo tanto no había hecho ninguna práctica aun, mi padre se puso a reír y le dijo que no era un corazón real el que se había robado, sino que se había robado el corazón de él, que la veía siempre pero no sabía cómo invitarla a salir, así que se le había ocurrido esta idea para que no pudiera negarse a la invitación. Mi madre no podía creer lo que estaba escuchando, al principio se enojó bastante, no por el hecho de haberla invitado, más bien por haberla asustado de esa manera, pero luego se le pasó y siguieron conversando. Esa fue la manera en que mis padres se conocieron y fue como mis padres se enamoraron, dicen que fue amor a primera vista, y por como los vi en algún momento, no me cabe duda de que así debió ser.

Cuando era pequeño, a la edad de nueve años, mi padre me hizo una promesa, todas las noches antes de acostarme, cuando llegaba la hora de dormir, y para no tenerle miedo a la oscuridad, prometió hacer guardia en la entrada de mi pieza, entonces, cuando salía de mi habitación después de besarme la frente y darme las buenas noches cerraba la puerta y decía – ¡Es hora de comenzar la guardia! –  Y yo le respondía – ¡Si señor! –  La puerta siempre reflejaba luz, ésta provenía de las ventanas que daban frente a mi habitación, entonces podía ver por la ranura del suelo los zapatos de mi papa apoyado detrás de la puerta, eso permitía que pudiera dormir tranquilo, él siempre estaba ahí, cuidando de mis sueños. Ya no lo está, y bueno, también supe que nunca lo estuvo. Una vez que salía de mi pieza, se quedaba unos minutos parado en mi puerta y luego le pedía a mi madre que le llevara un par de zapatos para intercambiarlos, así él podía ir a dormir y yo podía seguir viendo un par de zapatos desde la ranura como si mi padre hiciera guardia toda la noche.

Poco tiempo después comenzó a viajar por periodos prolongados debido a su trabajo, él era comandante de las fuerzas de paz del estado, un departamento creado luego de la guerra que enfrentó Chile contra Perú y Bolivia por las reservas de agua potable en la Patagonia chilena. Los viajes eran constantes, debía viajar a países como Irak, Siria y Afganistán, todos países en guerra. Junto con sus viajes, comenzaron los miedos de no volver a verlo. Si bien los objetivos eran de paz, los rebeldes atacaban incluso a los civiles, lo que hacía aún más riesgosas las misiones y restaba posibilidades de tenerlo de vuelta en casa. Cada vez que volvía era como si regresara el aire a nuestros pulmones después de un largo viaje y la alegría a nuestros corazones.

Un día le pregunté qué pasaría si el moría en una de sus misiones, le pregunté quién iba hacer guardia en mi puerta mientras yo dormía.

 se dio vuelta y me miró.

  • Javier, no te preocupes, no moriré porque soy un hombre fuerte y astuto – dijo con voz firme.
  • Pero papá, en las noticias se ve lo malo que es ese lugar, ¡es una guerra!
  • Si hijo, es parecido al infierno… – por un momento se quedó mudo, como pensando en cada palabra que saldría de su boca, luego me miró y me dijo – dame lo que queda de la tarde y tendré tu respuesta.

No entendí muy bien a lo que se refería así que cambiamos de tema, al rato, tomó las llaves de su auto y salió sin avisarle ni siquiera a mi madre. Llegó la noche, yo estaba en mi habitación escuchando un poco de música, cuando de pronto, se reflejaron en el techo las luces de un auto, me levanté enseguida de la cama y di un brinco para poder mirar por la ventana y ver quien era, vi a mi padre salir del auto con un pequeño paquete en su mano, corrí para apagar el equipo de música y me acosté con la ropa puesta, apagué las luces y me hice el dormido, logré escuchar el trayecto que hizo papá desde que entró en la casa. Primero pasó a la cocina a saludar a mi madre, se quedó ahí un buen rato, quizás dando explicaciones de porque había salido tan apurado en la tarde, luego comenzó a subir las escaleras y dio tres golpes a mi puerta, como no respondí porque “Estaba dormido” volvió a golpear y abrió lentamente, prendió la luz de la habitación y pensó que estaba durmiendo, se sentó en mi cama y sacó del paquete que llevaba en su mano una caja de madera pequeña y la puso en la mesa que tenía a un costado de la cama junto a una carta, me tocó la cabeza y dijo – te cuidé tanto tiempo de la oscuridad y sé que ya no tendrás miedo – se levantó de la cama y salió de la forma más silenciosa que pudo de la habitación para no despertarme, cuando escuché que bajó las escaleras, prendí la luz y tomé la caja de madera que había dejado, la moví para ver que tenía dentro y sonó, me emocionaba la idea de saber que mi padre me había hecho un regalo sin tener que pedírselo, pero antes de abrir la caja decidí tomar la carta y leerla, estaba escrita a mano, algo inusual en él que siempre se apoyaba en la tecnología porque odiaba las faltas de ortografía.

Javier:

 

Quizás no esté toda la vida a tu lado para proteger esa puerta de la oscuridad y las pesadillas, pero siempre estaré en tu mente y en tu corazón, me he esforzado por ser un buen recuerdo en tu memoria, un buen ejemplo y un buen compañero, el trabajo me impedirá a veces protegerte pero lo que hay dentro de la caja será tu protector cuando yo no esté, lo fui a buscar muy lejos y tiene poderes especiales, es capaz de leer tus pensamientos, genera una conexión simbiótica entre los dos, para que yo pueda escucharte en mi corazón y tú a mí en el tuyo, cuídalo con tu vida.

 

Te amo infinitamente pequeño soldado.

 

 

La caja tenía una cadena de plata y un reloj de bolsillo, pero una versión en miniatura que se podía poner en el cuello como un amuleto, dentro del reloj, en la contraportada, había una inscripción que decía “es hora de comenzar la guardia pequeño soldado”.

Todo cambió cuando tenía trece años, fue una tarde de septiembre, era un día cálido y con un viento perfecto para elevar cometas en el cielo despejado. Me encontraba estudiando en la mesa de la cocina cuando de pronto entró mamá a la casa, apenas me vio intentó ocultar las lágrimas que corrían por sus mejillas, se acercó a mí y dijo si podía subir un momento a mi habitación y cerrar la puerta hasta que ella me avisara en que momento salir, no dije ni una sola palabra y subí lo más rápido posible, llegué a mi habitación y cerré la puerta, me senté detrás de ella, apoyé mi oreja como un espía y me quedé escuchando lo que sucedía abajo, no entendía por qué estaba llorando y por qué me pidió encerrarme en la habitación como si tratara de evitar que yo viera o escuchara algo. Repentinamente, escuché golpear a la puerta junto a unos gritos que provenían de la calle, era la voz de mi padre y pedía que lo dejara entrar a la casa.

 Luego de un rato mi madre abrió la puerta.

  • ¿Y tienes el descaro de pedirme que te deje entrar a esta casa? – Dijo enfurecida.
  • Elena, te juro que no quería que te enteraras de esta manera.
  • ¿De esta manera? No seas descarado, esto nunca debió pasar, éramos una familia feliz, o eso pensaba yo, ahora veo que no era tan cierto.
  • Se que no me perdonarás, pero por favor, déjame ver a Javier.
  • ¿Quieres ver a tu hijo? – le contestó riéndose – Está bien, aprovecha esta oportunidad porque tarde o temprano se enterará de todo.
  • ¡No serías capas! – Exclamó mi padre.
  • ¿De qué? ¿De contarle a tu hijo que no es el único “soldadito”? – enfatizando con las manos – No será necesario que le cuente, se dará cuenta el solo algún día.
  • Por favor, déjame verlo, mañana viajo muy lejos, sabes lo peligrosas que son las misiones, quiero despedirme de mi hijo.
  • Alégrate, ya que tu hijo será el único preocupado de que no regreses a su vida.

Cerró la puerta y trató de secarse las lágrimas, luego subió a mi habitación y me dijo que mi padre estaba afuera, que quería verme, le pregunté porque tenía los ojos llorosos y me dijo que mi papá se tenía que ir de viaje mañana y que le daba un poco de pena. Me puse un polerón cualquiera porque corría viento y bajé las escaleras, abrí la puerta y ahí estaba mi padre, sentado en las escalinatas de la entrada. Conversamos mucho rato, pasamos la tarde riendo, elevando cometas y disfrutando del viento de Septiembre, cuando ya estaba por ponerse el sol, dijo que era hora de marcharse, sacó de su bolsillo un amuleto igual al mío, pero este decía “Si señor” lo abracé muy fuerte y le dije que no se preocupara, que nos mantendríamos comunicados por nuestros amuletos, me devolvió el abrazo y sin mirar atrás se subió a su auto y desapareció lentamente, mirándome por el retrovisor. Podría afirmar que estaba llorando, pero las lágrimas de mis ojos no me permitieron enfocar bien la mirada. Esa fue la última vez que vi a mi padre.

no volví a saber de él.

Publicado por Escritor En Bicicleta

Relacionista Público, amante de la escritura, la música, el cine y la fotografía, proyectando mi plan de vida como escritor y publicista

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